Susurros Ruidosos

                  –¿De vuelta a casa?—

Era la voz que estaba escuchando en ese momento, aunque ella simplemente deseaba ignorarla y seguir durmiendo, pero lamentablemente esa voz no se detuvo hasta lograr su objetivo.

Mientras se preparaba para ir a tomar el desayuno pensaba: “¿Por qué tengo que hacerme caso a mi misma?¿ No se supone que debería apoyarme y convencerme más de dormir?.”

Al terminar se dirigió rápidamente al comedor, estaba muy apresurada, pero su consuelo fue ver a su hermano corriendo también para llegar a tiempo.

—¿Otra vez tarde?—Comentó con risa burlona.

–Tú no hables, mira que los dos estamos en la misma situación.–Respondió este irritado.

–Pero a mí es la primera vez que me pasa, tú llegas ya cuando todos terminan de comer.

–Si, si, si. Discúlpeme señorita perfecta, hay personas a las que nos gusta dormir y no tener que levantarnos como gallos al salir el sol.

–Por lo menos, yo no soy un vago que no sabe lo que es responsabilidad y puntualidad. ¿Cuándo fue la última vez que llegaste temprano a un evento?

–Que te importa.

Y para empeorar la situación estos iban discutiendo mientras corrían para llegar por lo menos cuando alguien se excusara de la mesa y no cuando todos se hayan ido. Milagro no se tropezaron y cayeron de cara en el piso.

Al llegar al comedor, entraron con pasos apresurados, todavía recuperando el aliento después de haber cruzado los pasillos a toda prisa. La gran mesa ya estaba puesta, el aroma del pan recién horneado y el té caliente llenaba la habitación. Sin detenerse demasiado, se dejaron caer en sus asientos, intentando recomponerse mientras los sirvientes comenzaban a traer los platillos. Apenas habían llegado a tiempo.

Mientras comían su padre les miraba con mala cara reprochando silenciosamente su tardanza, pero lo peor llegó cuando el dijo:

—Amelia, cuando termines de comer, ven a hablar conmigo —dijo con tono firme antes de levantarse de la mesa. Sin esperar respuesta, se excusó con un leve asentimiento y salió del comedor, dirigiéndose a su oficina.

Amelia sintió un ligero nudo en el estómago al escuchar esas palabras. Su cuchara quedó suspendida en el aire por un momento antes de bajarla con discreción. ¿De qué querría hablar con ella? ¿Qué había hecho? ¿Sería por qué llegó tarde?. La seriedad en su voz no le dió muchas pistas, pero un inquietud si logró instalar en su pecho. Trató mantener la compostura y continuar con su desayuno.

–¿Quieres café en tu funeral?–Susurró su hermano discretamente.

–Cállate. Si no le voy a decir que ayer saliste sin permiso.–Contestó dándole un golpe en el pie.